A diferencia de lo que ha pasado con los estudiantes, esta vez la ciudadanía se congregó por la opción a la indiferencia, o la “expectativa de poder ser diferente sin culpa”
Hablamos de igualdad para un número indeterminado de chilenos. Esta indeterminación no es por la falta de herramientas o medios para medirla si no por la incapacidad de tener la libertad para expresarse. Desde el tiempo de la Conquista y la Colonia hemos venido luchando por ir ganando espacios de expresión, han pasado doscientos años y todavía nos quedan zonas por ganar y aumentar eso que llamamos libertad. Pero, existe una cantidad – imprecisa – de chilenos que no puede por diversos motivos, válidos todos, a decir “soy diferente”. Miedo al rechazo y aprensión a quedarse sin trabajo son las causas principales de esta carencia de libertad.
El derecho más básico de todos nosotros aún no es nuestro.
Recientemente le pregunté a un amigo si iba a marchar y me contestó “no puedo arriesgarme a perder a mi hijo”, otros tenían miedo a “salir en la televisión”.
Por eso abrimos la Alameda ayer, por el derecho del papá a ser padre, por el derecho del ingeniero a ejercer su profesión, pero más que nada caminamos por el camino hacia lo que llamamos desarrollo e igualdad.
Vivimos un momento histórico en nuestra vida republicana. No nos engañemos, lo de ayer fue un hito, pero es solamente el comienzo de algo que ya no puede ser detenido.
Se hace necesario articular de manera inteligente y provechosa lo que pasó ayer, como en todos los movimientos existen diferencias y hegemonías entre los diferentes convocantes del 2, aunque no nos guste, deberá surgir una fuerza aglutinante que pronuncie políticamente lo que la ciudadanía expresó ayer, de lo contrario no pasará de ser un lindo recuerdo.
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